la voz de la Razón (y la Pachamama)
Review de U a la fakin filosofía (Parte I)
Cierto es que la filosofía es una “ciencia” (todavía no me termina de convencer este término) que engloba dentro de sí muchas más, como también es cierto que hay tantos temas, tantos libros y tantos autores que creo que uno puede tan solo mirar pequeñas piezas del terreno de la filosofía al mismo tiempo. Lo que haré con estas reviews será exponer precisamente algunos de estos temas, intentando mezclar puntos de vista diferentes y también dar mi opinión sobre los mismos. Así con todo, comenzamos.
El propósito de la vida
El ascetismo
¿Qué es el ser humano? ¿Qué soy yo y por qué hago lo que hago; por qué quiero lo que quiero? Esa es una de las grandes preguntas que se han hecho todos los hombres por haber en algún momento de su vida. Sabemos que hay algo (en nosotros, quizá), que nos lleva a hacer determinadas cosas, que nos lleva, en fin, a vivir. Según Schopenhauer, esto tiene un nombre muy concreto: lo que él denomina la Voluntad de vivir. La Voluntad misma. Pero para esto hace falta primero un poco de contexto.
Schopenhauer toma el relevo de la filosofía kantiana. Esto no es tanto por admiración sino porque le tenía una tirria horrible. En fin: Kant, en su crítica de la razón pura, decía, con su vena idealista característica, que mediante la información sensible (la que proviene de nuestros sentidos) el sujeto, la mente, puede llegar a conocer solamente el fenómeno de un objeto, es decir, que aquello que se nos revela por los sentidos no es más que una representación de lo que está ahí, la cosa en sí.
La cosa en sí, aquello que existiría independientemente de nuestra manera de conocerla, recibe el nombre de noúmeno. Esto tiene innumerables consecuencias, cada cual más repugnante. Una de ellas es que nunca podemos llegar a conocer la cosa en sí, puesto que nuestra experiencia está necesariamente organizada mediante las formas de nuestra sensibilidad y las estructuras de nuestro entendimiento. En cuanto situamos un objeto en el espacio y en el tiempo (sin lo cual no podemos considerarlo en absoluto), ya no estamos contemplando la cosa en sí, sino el fenómeno tal como aparece ante nosotros.
Pues Schopenhauer llega, da un golpe en la mesa, y dice: hijo de puta Kant, no te enteras: ¡la Voluntad de vivir es la propia cosa en sí: todo está hecho de Voluntad: mi cuerpo es la Voluntad de vivir objetivada, hecha objeto!

Según Schopenhauer, la realidad es, como cosa en sí, manifestación de una Voluntad universal, irracional y ciega. Esta puede entenderse —así lo veo yo— como una especie de «orden profundo de las cosas», aunque no se trate de un orden racional ni de una intención consciente. Es decir, que la piedra tiene voluntad, aunque, evidentemente, no «quiere» nada del mismo modo que quiere un ser humano. Sin embargo, Schopenhauer considera que las fuerzas naturales que actúan en ella, como la gravedad, la resistencia o la cohesión de la materia, son grados elementales de objetivación de esa misma Voluntad. La piedra cae por un barranco y mantiene su estructura no porque tenga deseos o conciencia, sino porque también forma parte de ese impulso universal que se manifiesta en toda la naturaleza.
¿Entonces, no me entero U, soy lo mismo que una piedra? No… bueno, según este tío, hasta un punto sí. Lo que sucede es que el grado de objetivación de esta voluntad es mayor en el hombre, porque posee inteligencia, conciencia y capacidad de representación. Esto es decir: la Voluntad «se deja ver» más en el hombre que en la piedra.
Pero esto no impide que esté ahí y que sea lo mismo. Las consecuencias de ver esto así son las de un pesimismo absoluto, por el cual SP es conocido. Según él, la felicidad es negativa (ausencia de dolor) y solo es obtenible en tanto que se satisfaga la Voluntad. Solo experimentamos satisfacción cuando conseguimos acallar temporalmente alguna exigencia de la Voluntad. Imagina que tienes hambre: la Voluntad te empuja a comer y, cuando comes, sientes alivio. No obstante, la Voluntad es insaciable, son tus instintos mismos, no los puedes soslayar. El hambre, aunque la sacies, volverá a atacar más tarde. ¿Acaso no se puede evitar? No, siempre que quieras ser vivo. Eres, por así decirlo, esclavo de la Voluntad, de tu Voluntad, de tus deseos. ¿Puede el hombre hacer lo que quiere?, sí; uno diría que debe. Pero ¿puede querer lo que quiere? En modo alguno. Esto ya nos es dado.
Para Schopenhauer, la verdadera manera de vivir es alejarse lo más posible de la Voluntad, a saber, irse a vivir a las montañas como los monjes, y eventualmente morir de inanición. Muy loco, si te paras a pensarlo. Un trol este tío.

La espiritualidad
Schopenhauer era ateo, y tanto; se nota. Otros autores un tanto más religiosos ven la idea de una Voluntad insaciable y de este precipicio al pesimismo como un sinrazón. Entre ellos, el bilbaíno de Unamuno. Veamos lo que él tenía que decir al respecto.
Unamuno, en el Sentimiento Trágico de la Vida, se detiene y dice: joder, tiene que haber algo más allá. No puede ser todo tinieblas… pero si me voy a morir en algún momento: ¿qué sentido se le puede atribuir a la vida que no sea vano? La respuesta está muy cercana a Dios. ¡Dios!, pero antes, un poco de contexto.
Para Unamuno, Dios no es simplemente un concepto abstracto ni una conclusión alcanzada mediante una demostración lógica (ejem ejem Hegel), sino que es el todo en todo. Dios somos todos. Yo soy Dios y tú eres Dios pero Dios está más allá de todos nosotros. ¿Pero por qué? Porque lo necesitamos. Dios es, por así decirlo, la respuesta anhelada por el ser humano ante el horror de desaparecer. Es el fundamento de nuestra esperanza de no morir del todo.
Y es que cuando yo me muera, llegará un punto en que nadie me recuerde, pero, ¿no seguiré en la memoria de Dios? Ya se dice en en Juan 14:2-3:

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis».
¿Eso es todo: nos debe importar que vivamos porque para siempre viviremos en Cristo? Para Unamuno este es el comienzo, pero no en sí la respuesta entera.
La razón nos dice que no existen pruebas suficientes de la inmortalidad del alma; mi deseo de vivir, en cambio, se rebela contra la idea de la desaparición absoluta. De ese enfrentamiento nace el sentimiento trágico de la vida: queremos ser eternos, pero sabemos que vamos a morir; necesitamos creer, aunque no consigamos demostrar aquello en lo que creemos.
¡Razón contra deseo! ¡Voluntad contra razón! ¿No es lo mismo? Yo pienso que sí. Al fin y al cabo, Unamuno termina viendo lo mismo que Schopenhauer, pero, por su parte, decide considerarlo todo de otro modo: mi deseo de vivir es todo lo que tengo: mi hambre de inmortalidad es la creadora de la fe que me lleva a seguir viviendo. Vivo porque quiero vivir y quiero vivir porque vivo, porque no puedo quererlo de otra manera.
Dos caras de una moneda.
El existencialismo
«¡Paparruchas!», diría el francés de Camus. «No hay orden en el universo, todo nos es ajeno, absurdo. ¡El sentido no está allá fuera, no existe!»
Para Camus, todo es en torno al absurdo: el ser humano necesita que la vida tenga sentido, pero el mundo no ofrece una respuesta clara. ¿De dónde lo sacará entonces? ¿Qué hará? ¿Por qué seguir viviendo?
En El mito de Sísifo, Camus rechaza tres salidas: el suicidio físico, porque elimina al ser humano, pero no resuelve filosóficamente el absurdo; el suicidio filosófico, que consiste en inventar una respuesta trascendente, religiosa o metafísica, para escapar del problema; o la resignación, porque supone vivir derrotado.
Su propuesta es vivir sin apelar a un sentido superior, aceptando el absurdo y rebelándose contra él. Esa rebelión no consiste en encontrar una explicación definitiva, sino en vivir intensamente aun sabiendo que no existe una garantía última.
Sísifo, dice, está condenado a empujar eternamente una piedra montaña arriba para verla caer de nuevo. ¿Cómo se debe sentir? ¿Y si en lugar de frustrarse, en sudar, en concomerse, simplemente mirara el paisaje; no sería bello el momento? Esta es para Camus la respuesta última: hay que imaginarse a Sísifo feliz
El nihilismo
De este ni siquiera voy a decir nada. Solo mencionar que me hace gracia que Nietzsche se pasó su vida anunciando los problemas del nihilismo y tratando de advertir contra él, para que los nerdis edgys de quince años lo tengan por el mesías del nihilismo. Haría que se revolviese en la tumba. Lo tiene merecido.
El Uísmo de todo ello
Es obvio que la duda misma denota un anhelo: el hombre desea conocer su propósito, lo necesita, en muchos casos. «¡No existe, vive como tal!», dirán algunos. «Dios es el propósito, en él está el propósito», dirán otros. ¿Existe entonces, o no? ¿Es posible saberlo a ciencia cierta? Para mí, sí: está más que claro. Remitámonos a los distintos puntos de vista que se han expuesto para darle una solución.
Pues, si nuestros instintos, nuestra Voluntad, nuestra hambre de inmortalidad, nos llevan a seguir viviendo; no nos basta con seguir viviendo, debemos querer algo más. Pues el hombre puede y debe ser algo más que el animal, que el puro mono del que procedemos.
Pensémoslo de este modo: ¿qué es sino la razón, el uso de ella, que separa al hombre del animal?; ¿y qué es ella sino la capacidad que tenemos para poder oponernos a nuestros instintos, a acallarlos, acaso momentáneamente, en aras de un bien mayor? La vaca no puede sino entregarse entera a su Voluntad de vivir. Yo, como ser humano, tengo la capacidad de moldearla a mi beneficio. En esto se debe subsumir el propósito de mi existencia.
«El hombre ansía perpetuarse», diría Unamuno. Yo estoy de acuerdo. «…Por la eternidad, y no puede», continuaría. Yo encuentro este final absurdo. ¿Cómo ha de entender el hombre la existencia en cuestión de infinitud si todo lo que conoce o puede conocer es finito? Todo ha de terminar, esto lo sabemos. «Entonces no debe haber propósito que valga», me podría responder. «¡Que valga eternamente!», respondería yo: «¡Pero yo mismo no soy eterno». Mi propósito es finito, es dejar huella, a saber, crear algo: crearme a mí mismo.
Y crear aquí no consiste únicamente en producir objetos artísticos o materiales. Crear es introducir en la realidad una forma que antes no existía. Quien escribe un libro crea; quien sostiene una familia crea; quien adquiere una disciplina crea; quien ordena sus deseos para convertirse en una persona distinta se crea a sí mismo. En todos estos casos, la interioridad deja de ser una posibilidad vaga y se vuelve una realidad visible. La razón del hombre se objetiva.
¡Todo antes de la creación son meras quimeras! Antes de actuar, el individuo solo imagina su valor, su talento o sus principios; después de actuar, puede reconocerse en ellos. No sé si soy valiente hasta que actúo con valentía, ni si soy capaz de amar hasta que el amor exige de mí una acción concreta. El ser humano se conoce indirectamente, contemplando la huella que deja en el mundo. El hombre crea para poder verse, y se ve para poder crearse.

En este sentido, la creación no es un propósito arbitrario, elegido entre otros posibles, sino una necesidad inscrita en nuestra forma de existir. Todo ser humano produce efectos, transforma su entorno y configura, mediante sus decisiones, una determinada figura de sí mismo. ¡Incluso la pasividad crea consecuencias!; incluso negarse a elegir da forma a una elección. No podemos evitar crearnos: solo podemos hacerlo consciente o inconscientemente, con dominio o por inercia. En ello, pues, el propósito.
El hombre vive para crearse a sí mismo, y crea porque vive, porque lo necesita. Moldea sus instintos, los soslaya temporalmente, para hacer del todo lo suyo. Eres lo que has hecho de ti mismo, lo que has creado por ti mismo. ¡Más, nada! Y baste con ello.
A la porra con saber que algún día el edificio de mis logros se vaya a derrumbar: pues ¡eso ya lo sabía yo al construirlo! Así que basta de sentidos ideales, lejanos, abstractos, digo: ¡vive por lo que creas, por lo que hayas creado y lo que crearás, por el cambio que produzcas a tu alrededor! Créate a ti mismo, mejórate: aprende, disfruta; no quieras perseguir algo más, pues nada hay que tenga más importancia.
